“Cuando
no hay trabajo hay que apretarse el cinturón"
Se aprovechan de estas personas,
pues son víctimas de la mano de obra
barata y el no reconocimiento de sus
derechos laborales como acceso a seguros
médicos, pago de prestaciones sociales
y remuneración digna, por citar algunas
de las tantas violaciones de derechos
de las que son objeto.
Cuando las y los refugiados
colombianos cruzan la frontera empiezan una
nueva vida. Su pasado queda atrás y la incertidumbre
de que algún día se dé la paz en Colombia es
su única compañía. Sin embargo, no hay tiempo
que perder, no traen nada y por ello el primer
paso para rehacer sus vidas es buscar un empleo
para poder comer y pagar un hospedaje. Es, en
ese momento cuando empieza la frustración.
Por Edwin Camargo*
Las organizaciones de derechos
humanos que operan en Venezuela tienen como
mandato facilitar una solución duradera a las
y los refugiados; para lograrlo hacen proyectos
destinados a la capacitación en algún oficio
que sea lucrativo en las comunidades donde hacen
presencia.
Sin embargo, a las y los refugiados
colombianos a pesar de que la ley Orgánica Sobre
Refugiados o Refugiadas y Asilados o Asiladas
no les niega nada, tampoco les ofrece nada,
lo cual genera un problema y una respuesta negativa
para los comerciantes venezolanos que no se
atreven a contratarlos debido a los constantes
chequeos a los que son sometidos por parte del
Servicio Nacional Integrado de Administración
Aduanera y Tributaria o Seniat, pues la frontera
entre Ureña y San Antonio con el departamento
de Norte de Santander, en Colombia, es la segunda
más activa de Latinoamérica, razón por la cual
se intensifican los operativos.
Es
decir, las grandes manufactureras sólo
reconocen a una persona los derechos
laborales, mientras son centenares quienes
realmente cumplen con este complejo
trabajo en una cadena incansable de
maquilas no reconocidas oficialmente..
Pese a estas circunstancias
la mano de obra colombiana es la más apetecida
en Venezuela, pues son los colombianos y colombianas
quienes desempeñan los oficios más rudimentarios.
Esto en gran medida se justifica por su apego
al trabajo y la necesidad reinante, por lo tanto
las empresas diseñan estrategias encaminadas
a burlar los controles del Estado venezolano
y así contratar a los y las solicitantes de
refugio o refugiados. Sin embargo, se aprovechan
de estas personas, pues son víctimas de la mano
de obra barata y el no reconocimiento de sus
derechos laborales como acceso a seguros médicos,
pago de prestaciones sociales y remuneración
digna, por citar algunas de las tantas violaciones
de derechos de las que son objeto.
Ureña y San Antonio, entre
otras cosas, se distinguen por tener grandes
empresas textileras, específicamente de confección
de blue jeans. Debido a la gran demanda de este
artículo hacia el centro del país los empresarios
crearon la figura de los talleres satélites
que funcionan como cooperativas, las cuales
no son objeto de chequeos ya que el Gobierno
Nacional las exonera de impuestos por el apoyo
que den a estas iniciativas.
En algunos casos no sólo les alquilan
las máquinas, sino como estas personas
no tienen un techo donde vivir, también
les arriendan los locales para vivienda,
lo cual ha generado una dependencia
que no les permite abandonar este oficio
y los grandes empresarios aseguran producción
y mano de obra barata.
Pero estos talleres satélites,
que tienen la obligación de contribuir con la
formación de las y los refugiados colombianos
para que aprendan el oficio de la confección,
no gratifican el trabajo a sus empleados, pues
las directivas de los talleres satélites son
las que aparecen, bajo la figura de tercera
persona, con contratos en las industrias. Es
decir, las grandes manufactureras sólo reconocen
a una persona los derechos laborales, mientras
son centenares quienes realmente cumplen con
este complejo trabajo en una cadena incansable
de maquilas no reconocidas oficialmente.
Por ejemplo, para la producción
de un blue jeans las cooperativas sólo invierten
7 mil Bolívares en la mano de obra, mientras
en el mercado este producto tiene un valor que
va desde los 60 mil a 100 mil Bolívares. Sin
embargo, esos 7 mil Bolívares no son sólo para
una persona pues su confección y terminado involucra
como mínimo el paso por seis manos: las que
realizan el corte; quienes cosen en la máquina
de dos agujas, las que operan la filetiadora
y otras la pretinadota. Una vez finalizado este
proceso entran en juego quienes se encargan
de poner los botones y los remaches y, finalmente
cuando el pantalón ya está listo otras dos personas
se encargan de quitarle la pelusa y de lavarlo.
Cada trabajo tiene un pago que va entre los
300 y los mil Bolívares.
El problema más grande para
la población refugiada son los primeros meses
del año, pues las empresas reducen la producción
debido a la poca demanda de blue jeans, lo cual
obliga a las y los refugiados a ahorrar lo más
que se pueda hasta el mes de abril o mayo cuando
empiezan de nuevo a llevarles trabajo. Un refugiado
preocupado dice: “Cuando no hay trabajo hay
que apretarse el cinturón”.
Fotos:
Edwin Camargo
Debido
a que es un oficio que consume mucho
tiempo ellos y ellas prefieren dejar
los estudios pues como lo dice un adolescente
“el estudio no me deja nada, mientras
que trabajando tengo siempre plata en
los bolsillos”.
Talleres satélites
hacen negocio con la necesidad
Los talleres satélites en aras
de “ayudar “a la población refugiada alquilan
las maquinas planas, filetiadoras y pretinadotas,
lo cual obliga a estas personas a trabajar jornadas
extras para poder obtener algún beneficio. La
confección de blue jeans se ha convertido en
toda una tradición familiar, pues padre, madre,
hijos y yernos se encargan de todo el trabajo
para poder incrementar los ingresos familiares
en improvisados talleres en sus casas y así
tener más producción.
En algunos casos no sólo les
alquilan las máquinas, sino como estas personas
no tienen un techo donde vivir, también les
arriendan los locales para vivienda, lo cual
ha generado una dependencia que no les permite
abandonar este oficio y los grandes empresarios
aseguran producción y mano de obra barata.
¡Los niños no se salvan!
Debido a la necesidad los
niños y niñas tienen que ayudar a sus padres.
Por esta razón, se ven obligados a trabajar
hasta altas horas de la noche para poder obtener
un buen salario, pues el pago es por producción.
Este trabajo, si bien es la única opción para
las personas que cruzan la frontera sin nada
en sus manos, ha traído como consecuencia la
deserción escolar, pues como lo manifestó un
niño refugiado “hay que ayudar a llevar la papa
pa la casa”.
Al llegar a las comunidades
receptoras de refugiados y refugiadas es común
ver la presencia de niños, niñas y adolescentes
manipulando los blue jeans. Los trabajos que
realizan principalmente son: quitar pelusa,
cortar los hilos que quedan sueltos en los pantalones
y lavarlos. Debido a que es un oficio que consume
mucho tiempo ellos y ellas prefieren dejar los
estudios pues como lo dice un adolescente “el
estudio no me deja nada, mientras que trabajando
tengo siempre plata en los bolsillos”.
Hay quienes dicen que es realmente
difícil analizar esta situación, pues si bien
estas empresas violan los derechos laborales
de las personas en situación de refugio, es
la única salida que tienen de establecerse.
Muchos analistas consideran que las organizaciones
defensoras de los derechos de las y los refugiados
deberían promover políticas públicas que acojan
a estas personas víctimas del conflicto interno
en Colombia para garantizarles así un trabajo
digno con el cual los y las refugiadas en Venezuela
puedan salir adelante. Esto además, logrará
al final un alivio para las organizaciones y
el Estado, ya que se acabaría con el asistencialismo
y la victimización, además de permitirles el
reconocimiento como personas de derechos y así
cumplir con el mandato de la Declaración de
los Derechos Humanos que se proclaman universales
y que transcienden las fronteras.
* Reportero
de frontera. Estudiante de Comunicación Social
de la Universidad de Los Andes, Táchira.