No son muchas las condiciones para entrar
al sector informal y menos si se es
una persona en situación de refugio.
Cualquier negocio es bueno, el lugar
indicado puede ser una esquina, una
plaza, una calle, la sala o el andén
de la casa, lo importante es tener un
poco de capital, encontrar el producto
para la clientela indicada y de ahí
en adelante vienen jornadas extensas
de trabajo para lograr unas mejores
condiciones de vida.
Al trabajo informal recurren
cientos de refugiados y refugiadas en la frontera
venezolana. Gracias a su tenacidad han logrado
montar sus propios negocios en medio de la zozobra
y la esperanza de tener unas mejores condiciones
de vida. Con el apoyo del Acnur visitamos a
dos de ellos quienes nos contaron cómo han resuelto
su vida laboral en esta nueva condición.
Por Edwuar Antonio
Sajajú Gonzalez*
La economía informal reúne
una serie de actividades laborales que no cumplen
con ciertas características económicas y administrativas
propias de una economía formal como la utilización
de tecnologías complejas ni de formas avanzadas
de producción. No tiene una división del trabajo
establecida, no está constituida jurídicamente
como las empresas modernas y mantiene diferentes
tipos de relaciones laborales al mismo tiempo.
Todos estos requisitos sin discusión alguna
los cumplen los y las refugiadas.
Pertenecen a este sector los
y las ayudantes de la familia a los cuales no
se les paga un salario y las personas trabajadoras
que se encuentran laborando por su propia cuenta
en actividades propias o familiares.
No son muchas las condiciones
para entrar al sector informal y menos si se
es una persona en situación de refugio. Cualquier
negocio es bueno, el lugar indicado puede ser
una esquina, una plaza, una calle, la sala o
el andén de la casa, lo importante es tener
un poco de capital, encontrar el producto para
la clientela indicada y de ahí en adelante vienen
jornadas extensas de trabajo para lograr unas
mejores condiciones de vida. Esta es la situación
de Antonio Rodríguez y Celina Gallardo*, refugiados
colombianos que se encuentran en dos de las
poblaciones fronterizas del estado de Apure,
en Venezuela.
Construyendo juntos
una nueva vida
Cuando sale el sol en Guasdualito,
Antonio Rodríguez* con esposa y sus hijos trabajan
en la preparación de la carne que será vendida
en una esquina de la población fronteriza de
Guasdualito. Allí, todos los días, en el mismo
lugar, de tres a cuatro de la tarde se enciende
un pequeño asador en una parrilla de metal.
La difícil situación económica
y la falta de aportes de parte de las instituciones
gubernamentales locales del estado Apure, han
hecho que Antonio Rodríguez emprenda su propio
negocio con esfuerzo. La comercialización de
carne asada, en pequeños trozos enganchados
en varillas de madera es una actividad común
para las personas de bajos recursos que buscan
un futuro mejor en Guasdualito, población fronteriza
–con el departamento de Arauca-Colombia–, que
cuenta con aproximadamente 100 mil habitantes
y una economía que se mueve entre petróleo,
ganado vacuno, caballar y agricultura.
Junto
a su familia decidió trabajar informalmente,
para poder satisfacer las necesidades
del hogar.
"Somos una familia numerosa
y nos gusta mucho trabajar, nacimos para trabajar",
nos cuenta Antonio mientras corta la carne y
mezcla los ingredientes para sazonar sólo aquella
que será puesta en las varillas de madera.
Antonio Rodríguez llegó a Venezuela
hace dos años, huyendo de las amenazas de muerte
que recibía públicamente de uno de los grupos
armados irregulares que operan en Colombia.
Junto a su familia decidió trabajar informalmente,
para poder satisfacer las necesidades del hogar.
“Cuando un hombre tiene familia,
tiene que trabajar sin ningún tipo de problemas
en lo que le salga. No podemos dejarnos morir
de hambre, porque las cosas son difíciles cuando
uno llega de otra parte a este sitio del llano.
Bueno, yo decidí vender carne en chuzos y agua
con panela… y ahí estoy”.
Hoy, Antonio Rodríguez tiene
una buena clientela en su humilde negocio. El
dinero que recauda en las ventas diarias lo
destina a la reinversión de materia prima para
seguir con la oferta del producto, a pagar los
servicios públicos del hogar y a satisfacer
las necesidades de la familia.
Quiero
poner unas mesitas para que la gente
pueda disfrutar de los helados que son
populares en el pueblo. Los niños, después
de la escuela, se reúnen aquí y todo
se llena de alegría.”
Esperanzas que no se
pierden…
Bajo el calor del Apure, mientras
nos ofrece un helado, Celina Gallardo nos cuenta
que llegó a Venezuela con sus tres hijos y su
esposo. Se asentaron en El Amparo, una comunidad
venezolana cerca del río Arauca colombiano.
“Me sentía muy desprotegida y muy incómoda cerca
de la frontera, por eso nos fuimos a Guafitas
un poquito más lejos pero más seguro”.
Celina es una mujer de 41 años
oriunda del departamento de Bolívar. “Llegué
a Venezuela llena de miedos y tristeza por haberlo
perdido todo, tenía tanto en Colombia, una casa
grande y muchas cosas que posiblemente más nunca
vuelva a ver”.
“La gente me conoce porque
preparo helados muy deliciosos, de frutas tropicales,
coco, leche y chocolate. Siento la esperanza
de que para el próximo año pueda a mejorar mi
negocio. Quiero poner unas mesitas para que
la gente pueda disfrutar de los helados que
son populares en el pueblo. Los niños, después
de la escuela, se reúnen aquí y todo se llena
de alegría.”
Mientras el sol apremia y calienta
su casa, que sirve como sede de su pequeño negocio
de apenas 25 metros cuadrados, Celina continúa
su historia manifestando su deseo de ampliar
su actividad comercial el próximo año. “Aunque
mis hijos aún no tienen documentación me siento
más tranquila y aprovecho que tengo el hijo
más pequeño en una guardería, para trabajar
más”.
Celina, al igual que otras
1679 personas, espera que la decisión de la
Comisión Nacional para Refugiados le permite
definir su estatus en el país, si le dan la
condición legal como refugiada y su documentación
oficial para poder así ejercer completamente
sus derechos.
“Este lugar es más pequeño
de lo que tenía en Colombia pero la esperanza
que tengo es tan grande que no me importa”,
finalizó Celina mientras atendía a su clientela
local.
* Comunicador
Radio Fe y Alegría – Apure. Reportero de frontera.
** * Nombres cambiados por seguridad de las
fuentes