Fotos: Cortesía Oficina de Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios, OCHA

 

La comunidad del corregimiento de La Gabarra del municipio de Tibú, en Norte de Santander, celebró el renacer de una esperanza. Allí se realizó entre el 17 y el 21 de septiembre, por segundo año consecutivo, el Festival de la Vida. Una experiencia que llevó las miradas hacia una reflexión más profunda de lo qué significa la muerte y la vida. NRC estuvo acompañando la vida, la esperanza y la alegría.

   

 

Por Gerardo Jaramillo*
gerardo.jaramillo@nrc.org.co

Esta población ubicada en la zona septentrional de Norte de Santander, se convirtió hace más de 25 años en el epicentro de los negocios ilícitos de guerrilleros y paramilitares. La presencia de los grupos armados ilegales se incrementó por el afán de controlar la economía de la coca. Históricamente ha permanecido con presencia del Eln, posteriormente de las Farc y a partir de 1999 aparecen los grupos paramilitares recrudeciendo la violencia, hasta que a finales de 2004 se desarman en lo que fue la primera desmovilización masiva (Bloque Catatumbo ). Sin embargo aún persisten graves violaciones de Derechos Humanos por parte de grupos armados emergentes (Águilas Negras) y por parte de las Farc, quienes buscan un reposicionamiento en la zona.

Para llegar hasta allí fueron necesarias casi cinco horas de recorrido desde la ciudad de Cúcuta. Después de pasar la última división que va hacia la cabecera municipal de Tibú y La Gabarra , el tránsito es prácticamente imposible sino se cuenta con un buen vehículo y la pericia del conductor. En invierno, la ruta debe ser un verdadero reto para quienes circulan por allí. En este trayecto, después de pasar La Cuatro , se encuentra presencia militar a ambos lados del camino, en donde en años anteriores, los actores armados ilegales tenían puestos de control en lugares como El Mirador y San Gil.

Sino fuera por la violencia, que se ensañó con este corregimiento dejando miles de victimas, sería agradable ir sólo a conocerlo; a visitar un pueblo que a orillas del río Catatumbo la abre paso a la región del mismo nombre. Caminar en la noche es escuchar los sonidos del silencio y permitir que la suave brisa, refresque el cuerpo después de todo un día de insoportable calor.

Es necesario hacer primero un recorrido por el muelle maderero, por el muelle de los pescadores, por la calle del comercio y por el puente que atraviesa el río Catatumbo, río que por cierto hace recordar algunos pueblos del Chocó o de regiones ribereñas en las que la vida prácticamente gira en torno a éstos. El puente de concreto y de doble vía, que une las dos orillas del río Catatumbo, es enorme en comparación con aquellos que atravesados sobre el camino hacia La Gabarra , tienen un sencillo estilo militar de hierro, por los que sólo puede pasar un carro a la vez.

El Festival de la Vida fue para muchos, la oportunidad de conocer todo lo ocurrido durante una época en esta zona; retenes, asesinatos, desplazamientos, campamentos y fosas. El miedo aún está a la vuelta de la esquina. Los habitantes todavía sienten incertidumbre y zozobra por el futuro, pero también fue la oportunidad para que niños, niñas, jóvenes y adultos fueran escuchados por otros y por otras, esperando que sus palabras pudieran tener eco, sin la certeza de una respuesta.

Escuchar a las organizaciones y asociaciones de pescadores y de mujeres, evidencia la fortaleza mantenida durante el tiempo de la violencia y refuerza la esperanza de un futuro mejor.

Es reiterada la necesidad de consolidar y construir comunidad, pero después de la fragmentación padecida, es realmente difícil recoger los pedazos y volverlos a unir, de eso son concientes las organizaciones y las instituciones y por ello se habla de un proceso a largo plazo que implica una reconstrucción de tejido social y una reparación desde lo emocional.

En el festival en donde se celebró la vida, también se recogió la luz en una noche en donde se veían los rayos pero no se escuchaban los truenos. Se realizó una marcha de antorchas por el pueblo en medio de la oscuridad.

Casualmente se fue la energía lo que le dio al espectáculo un mayor sentido. Casi toda la comunidad estaba allí caminando con la luz que significaba un nuevo surgir, un nuevo despertar, la unión de toda una comunidad que ha sido golpeada por todos los flancos y que ojala pueda ser acompañada en este proceso. Fue un bello acto con un fuerte valor simbólico.

Una vez terminó la marcha y las luces dejaron de brillar, al menos aquellas antorchas en las manos de aquellas y aquellos que apenas comienzan a vivir, fue inevitable pensar en el por qué de tanta violencia, pues más allá de la coca, más allá del territorio, más allá del poder, existen miles de personas que quieren que la vida sea un carnaval, en donde se pueda vivir el día a día, como alguna vez lo hicieron.

 

* Psicólogo ICLA – NRC Cúcuta

 
     
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