Por Diego Ruales*
“Yo vivía con mi marido, sin embargo, no contaba con su apoyo. Puedo decir prácticamente que soy cabeza de familia. En Barbacoas me iba muy bien, tenía un restaurante y las ganancias permitían que mis hijos y yo viviéramos cómodamente. Cuando llegaron el ejército y la policía, se sintió tensión en el ambiente del pueblo. No se podía hablar tranquilamente con la gente, porque empezó esa desconfianza al no saber uno quién era quién.
Mi negocio era propio, estaba muy bien acreditado porque siempre me ha gustado servir a la gente. Yo no podía cerrarle la puerta a nadie, tenia que atender a todo el que llegaba, lastimosamente, la policía era la que más acudía al restaurante, tramando negocios ilegales con los paramilitares.
¿Cómo sacaba yo a esa gente? Cualquiera cosa que hiciera era buscarme un problema, yo no podía hacer nada en la mitad de esa guerra entre paramilitares y guerrilleros. Así que la insurgencia, que tenía sus informantes en el pueblo, un día me llamaron y me dijeron “o se va o se va”, ¿qué tiene que hacer uno? Dejar tirado todo y salir sin nada, porque de un día para otro, en una o dos horas ¿qué puede uno alcanzar a sacar?
En ese momento me sentí desilusionada con la vida, con el Estado, con la gente. Yo confíe en la policía, en el ejercito y darme cuenta de quienes eran, fue muy triste, no se puede confiar en nadie, solo en Dios.
Salí para Pasto a buscar el apoyo de la familia; sin embargo la familia colabora ocho días, de pronto un mes. No hay como mantenerse, no se consigue trabajo, no hay dinero, hay que pagar el arriendo, la comida… Me enfermé y necesitaba atención en salud. Un amigo me informó del proceso de declaración y así lo hice, en tanto un conocido vendió el restaurante de Barbacoas, y lo que me gané, me sirvió para mantener a mi familia por un año.

“Al final del túnel no brilló la luz”
Se acabó el dinero, los muchachos tuvieron que dejar de estudiar, ya no podía sostenerlos. Mi hijo tiene 28 años y mi hija hace cuatro años tenía 20, ellos estaban en la universidad; Milena estudiaba psicología y Diego, ingeniería de sistemas. Milena sentía que no tenía ilusiones y al verme derrotada le dio muy duro, porque yo era su ejemplo, siempre había sido la mujer que los sostenía y los empujaba a salir adelante. Ella no resistió y decidió suicidarse, mi vida se acabó…
Mis hijos se querían mucho, se adoraban, Diego comenzó a consumir licor, tuvo un niño y la madre de mi nieto se lo llevó con ella. Todo empeoró, no sabía qué hacer, mi hijo sólo tomaba, su alcoholismo estaba muy avanzado, yo estuve internada en un hospital psiquiátrico... A veces, no quiero recordar esa parte de mi vida.
Fue muy duro, no quería saber nada de mi hijo y sentía rabia con Dios. Un día vi a mi hijo tirado borracho y reaccioné, me dije –no quiero eso para mi hijo. Saqué fuerzas y volví a levantarme.
Las consecuencias de la violencia por el conflicto armado no tienen límites y traspasan las barreras personales, sembrando la desesperanza en las victimas, quienes en su proceso de adaptación de un entorno hostil, no encuentran redes de apoyo que les permita continuar y reconstruir sus experiencias de vida.
Existen personas que no lograron una segunda oportunidad, que se dejaron vencer por la desolación y el temor a lo incierto; sin embargo esos momentos de crisis son también momentos de cambio, de transformación y de aprendizajes para los seres queridos, que se encuentran haciendo frente a una triste pero esperanzadora realidad.
“Es momento de volver a empezar”
Me acerqué a la Unidad de Atención y Orientación de la Alcaldía a pedir apoyo para el estudio de Diego. Una Doctora me colaboró y pude inscribir a mi hijo a la universidad, así que yo le dije a él: “o estudia o se va, porque si los tragos nos ayudaran a remediar la pena de mi hija, entonces yo también me dedicaría a tomar, pero como no es así, tenemos que buscar una forma de salir adelante, usted tiene su hijo”. Fue difícil pero lo logré, me recupere de mi enfermedad, salí del psiquiátrico y estuve al frente de mi hijo y ahora él está en quinto semestre.
Las cosas empezaban a cambiar. En el año 2006, cierto día me llamaron de la Pastoral Social para participar en un proyecto productivo de producción de pollos de engorde. Era un proyecto para beneficiar a 20 familias y el predio estaba ubicado en la vereda Alto San Pedro, corregimiento de La Laguna, con un contrato de arrendamiento de 8 años. Esta experiencia me ayudó mucho porque encontré gente que tenía problemas similares a los míos, a veces hasta más duros y dolorosos.
El encontrarme con otros desplazados y comentar las experiencias me sirvió de mucho, uno dice “no soy yo sola”, yo comencé otra vez a vivir, a tener ganas de seguir luchando, sabia que podía ayudar con mi experiencia, les podía decir: “mire a mi me pasó esto pero gracias a Dios vamos a superarlo, sigamos adelante luchando”.
Con el paso del tiempo y las dificultades que se presentaron, llegué a sentirme utilizada porque fueron proyectos mal elaborados; el tener que criar pollos en un páramo fue toda una odisea, dos años sin recibir un peso. A pesar de todo, yo no me abandoné, porque aquello fue una luz para seguir viviendo.
Cuando terminó el contrato con la Pastoral y continuó la Alcaldía con el seguimiento, existió un tiempo en el que nos sentíamos solos. El cambio fue difícil y el grupo se desmotivaba, entonces comencé a buscar apoyo en diferentes instituciones para que continuaran apoyando el proceso de producción y comercialización de pollos. Fueron muchos los tropiezos; fallas en el galpón, falta de experiencia en la cría de pollos y de compromiso de algunos compañeros. En fin, la situación se complicó, pero no me di por vencida.
Conseguimos un técnico particular que trabajaba con concentrados, lo llevé a la finca para que nos asesorara, él aseguró que era muy difícil criar pollos en esas condiciones, entonces nos dijo que lo único que podíamos hacer era criar un pollo semi orgánico que pueda competir en el mercado. Finalmente la idea nos dio resultado y el pollo se vendió muy bien.
Han sido experiencias muy bonitas, se me dio una oportunidad de volver a la vida, sin embargo muchas familias no continuaron con el trabajo. Yo sigo al frente del proyecto inicial de pollos de engorde; pero además unimos esfuerzos y voluntades 70 mujeres que estamos luchando por nuestros propios medios; estamos tejiendo y vendiendo artesanías para recolectar fondos, y así comprar nuestra propia finca.
En el grupo existen personas expertas en tejidos, bordados y artesanías. También mujeres con experiencia en ventas y en actividades agropecuarias. Hemos reunido todas esas potencialidades para beneficio y desarrollo del grupo, contamos con el apoyo del Programa Mundial de Alimentos PMA, nos aprobaron un préstamo y el deseo de adquirir una finca propia, es ya una realidad.
Con las 70 mujeres trabajamos todos los sábados en un salón que una señora nos ha prestado cerca de la Pastoral, ahí tejemos y hacemos artesanías, no tenemos materiales por lo que nos toca hacerlo con materiales desechables, desarmamos buzos y hacemos bufandas, bolsos y cosas por el estilo, y por medio de esto, hemos recogido una plata con lo que en estos días, hacemos la compra de la finca.
El temor a un futuro incierto va perdiendo fuerza cuando las personas deciden afrontar su dolor, cuando participan en la construcción de su propio futuro, ladrillo sobre ladrillo y tropiezo tras tropiezo. La ganancia o pérdida depende no sólo del compromiso de las instituciones, sino de la fuerza y la fe de las comunidades.
Orientación, aprendizaje, deseo y voluntad se requieren para volver empezar. Esta experiencia enseña a replantear la visión de las instituciones frente al manejo de las comunidades en situación de desplazamiento y sus programas de reestablecimiento.
A pesar de todo, Yo tenía rabia con Dios, hasta que asistí a una conferencia y pude hablar con un sacerdote. Yo le decía que tenía mucho dolor, mucho resentimiento, y él me contestó: “lo que le falta es perdonar a Dios”, me quede asustada y le dije ¿quién soy yo para perdonar a Dios? El sacerdote concluyó: “usted no quería que su hija se muriera y usted culpó a Dios, entonces perdónelo”. Lo hice y eso me ayudó mucho a entender que mi hija se tenía que ir y que había tomado esa decisión y yo no podía hacer nada por ella.
Todo esto me ha servido para ir sanando esas heridas y seguir luchando por la gente, me motiva mucho ver que las personas vuelven a sonreír, que cuando estamos tejiendo la gente sonríe, y pasamos un rato agradable para olvidarnos por un momento de los problemas.
No sólo el grupo de trabajo me motiva, mi familia es mi alegría, mire que cuando mi hijo estaba saliendo del alcoholismo llegó una muchacha a su vida y tuvieron una hija, nació tan parecida a mi hija Milena, que le pusimos el mismo nombre. Mi Dios es muy grande, es como volver a criar a mi hija”. *Reportero frontera con Ecuador |