Por Kevin Evandro Sánchez Saavedra*
En 1997, la Operación Génesis, perpetrada por Fuerzas Militares de la Brigada 17, combinada con la estrategia encubierta de tipo paramilitar obligaron a Vivian, a su familia y a otros cientos de personas más, a salir de su finca recién obtenida y a buscar refugio en territorio panameño. Este año se cumple una década de aquello momento..

“Tenía mi esposo cuatro meses de muerto cuando empezó la guerra. Los aviones aparecieron una tarde tirando bombas. Nosotros nunca habíamos visto eso y oíamos por debajo de la tierra algo que sonaba como una motosierra; entonces ahí era que venían los paramilitares abriéndose campo, respaldados por una bulla de helicópteros y aviones”, cuenta Vivian sentada en su silla de coser. “Entonces mis hijas y mis nueras corrieron a mi casa llorando. Cuando yo las vi me quiso atacar el nervio, pero en el mismo momento tomé la reflexión de parte de Dios y les dije a ellas: “¡suéltenme! y déjenme entrar al cuarto que voy a orar. Después les dije: –nadie más va a llorar; todas las mamás van a coger a sus hijos y en una bolsita le van a meter una muda de ropa y una libra de sal, porque en la madrugada nos vamos de aquí”.
“Caminamos Cacarica arriba por la orilla del río pa’ coger las montañas. Veníamos veintiocho entre niños y adultos. Amanecíamos sin comida, así que matábamos pescaditos, les untábamos sal, los asábamos y les dábamos a los niños. Duramos casi un mes pa’ cruzar esa montaña y salir a Paya. Traíamos los pies heridos, hinchados, y mucha hambre…”.

Lo anterior es apenas un pequeño resumen del vía crucis que Vivan y su familia, sufrieron en el transcurso de aquella migración forzada. Al llegar a Paya (Darién) en marzo de 1997, fueron puestos a órdenes de la policía de frontera panameña. La policía les ofrecía dos comidas diarias y así estuvieron aproximadamente dos meses en ese lugar.
A finales de abril, esta familia junto con otro grupo de personas, fue repatriada en violacion del principio internacional de non-refoulemont - a las cercanías de la comunidad de Cupica, en el Pacífico Colombiano.
Luego de pasar varios años mojados en “el Niagara en bicicleta” que Vivian llama el Cupica por, volvió a Cacarica en el 2000, gracias a la ayuda de organismos humanitarios, y se situó en el asentamiento de Paz Nueva Vida. Sin embargo, “en dos mil uno, el diez de junio, a las siete de la mañana, entraron aproximadamente doscientos paramilitares al asentamiento Nueva Vida”. Los paramilitares querían obligarlos a cultivar palma africana y coca. Si lo aceptaban tendrían la libertad al estilo paramilitar, sino morirían. “Entonces, ¿cuál es la mejor vía? No quiero estar involucrada en nada, no me quiero morir: ¿cuál es la mejor vía?”, preguntaba Vivian con dolor en el rostro.
Refugiarse nuevamente en Panamá fue su mejor vía, y hoy Vivian y su familia viven en una comunidad del río Tuira (en Darién) bajo la “proteccion humanitaria temporal”. Desde el inicio de este tortuoso camino ella ha sido una mujer luchadora, de gran coraje y defensora de los derechos humanos de la población desplazada y refugiada. Confinada prácticamente a un pueblo por cárcel, espera obtener algún día su residencia definitiva, porque a leguas se le notan las ganas de sembrarse en un sitio, al que de ahí en adelante, pueda llamarlo su hogar.
* Antropólogo social. Servicio Jesuita a Refugiados de Panamá |