Fotos: Edwin Miguel Camargo León

 

Ya se dieron inicio a las clases del periodo escolar 2007 – 2008 en la República Bolivariana de Venezuela. Durante estos días muchos niños y niñas salen de sus casas desde muy temprano con el fin de recibir la educación necesaria para hacerse unos profesionales. En la población de El Cují, en el municipio Pedro María Ureña, en el estado fronterizo de Táchira la situación es particular: en esta tierra hay una población escolar superior a los 500 alumnos que aún no poseen la estructura de una escuela.

   

Por Mayra Mendoza*

Diariamente, cada alumno sale de su hogar no sólo con un cuaderno y con un lápiz desgastado, sino además lleva en su hombro un pequeño banquito que comparte con un compañerito, para resguardarse del inclemente sol, bajo la sombra del árbol “El Cují”.

Los conocimientos son impartidos por cuatro docentes del Plan Emergente Educativo Bolivariano, programa establecido por la Zona Educativa Táchira con el fin de garantizar la inclusión al sistema escolar de niños y adolescentes que por diversas razones no han tenido la posibilidad de asistir al sistema educativo tradicional. 1

Este Plan Educativo comenzó a funcionar en octubre del año 2004 en la casa comunal del Barrio El Cemento con el nombre “Un sólo corazón” con una matricula de 25 alumnos del sector de El Cují.

En enero de 2005 se crea un nuevo espacio llamado “Caminos de la esperanza”, que se integró al anterior para formar una matricula de 36 alumnos. Luego de repetidos intentos, en el mes de julio de 2006 son desalojados por la junta Comunal del Barrio El Cementerio, para la supuesta creación de un Infocentro, dejando para el momento 45 estudiantes en la calle. Debido a esta situación el Plan Emergente es instalado en la comunidad de El Cují, gracias al apoyo de Gladis Castellano, una mujer venezolana que prestó su casa durante tres meses, para que los niños tuvieran un techo para recibir clases. Además, en este tiempo, Gladis habilitó una mesa y unas sillas para que las docentes pudieran enseñar, ya que no contaban con los recursos básicos. En el mes de diciembre de 2006, se hizo entrega de la vivienda con el fin de llamar la atención de los organismos competentes en atender esta emergencia educativa. Aún los estudiantes de la población de El Cují permanecen sin escuela, sin dotación de pupitres, pizarrones, comedor, cancha deportiva, baños, servicios básicos como luz y agua. Debido a esta situación algunos padres envían a sus hijos a estudiar a San Antonio y Ureña.

Pocos padres hacen un esfuerzo mayor y permiten que sus hijos crucen la frontera para recibir educación, mientras otros estudiantes menos privilegiados caminan todos los días hasta la sombra del Cují para iniciar las clases.

El arquitecto David

Ser un arquitecto será la profesión de David**, quien con tan sólo 10 años ya sabe dividir por tres cifras. David es un niño de pestañas largas y de unos ojos aguamielados por el amor de su madre, quien hace varios años decidió emprender rumbo para Venezuela junto con sus tres hijos en busca de refugio, ya que la violencia de los grupos irregulares en la zona, llenaba de terror sus vidas.

David diariamente cruza la frontera –con los múltiples peligros que esto implica- para optar por una educación completa ya que recibe clases de ética, español, inglés, geometría, sociales, salud pública, competencia ciudadana y educación física. Los días de David comienza tempranito, ya que antes de irse a estudiar él colabora barriendo el piso de cemento improvisado de su humilde hogar, además lava los platos y si es necesario cocina. Faltando pocas horas para el medio día en Venezuela, David sale de su casa, con el estómago lleno, limpiamente trajeado con un pantalón azul, camisa blanca de rayitas rojas con azul. Sus clases se inician a las 12 en punto hora de Colombia. El trayecto es largo y el tráfico es pesado, pero David cruza la frontera cada día del año escolar en compañía de su pequeño maletín y de sus sabios libros, ya es él único niño de El Cují que tiene la posibilidad de estudiar en un colegio en Colombia.

“Allá estudio con 40 estudiantes más, mi colegio es grande, tiene segundo piso, tiene tres canchas y hasta columpios, el pasaje hasta me cuesta 1200 pesos y en bolívares son 2500, al finalizar la tarde, a eso de las 5, salgo de clase y voy llegando acá a las 8 de la noche a cenar y a hacer las actividades y después a dormir, porque casi siempre llegó muy cansado… me gustaría estudiar acá en Venezuela, porque a mi mamá le toca duro para mandarme pa' Colombia… Cuando llegó tarde a clase me anotan en el cuaderno, a mi no me gusta, porque es bastante lejos, tal vez pronto pueda estudiar aquí mismo en El Cují”.

A las 8 comienzan las clases

Yuli*** tiene diez años, en el mes de noviembre cumplirá los 12 años, y comenzará su cuarto grado. Aún no sabe cual será su profesión, pero Yuli es una niña aplicada, de piel morena suave y de ojos negros tiernos, ella se levanta muy temprano para llegar a la sombra del árbol Cují, donde la esperan las profesoras para dar inicio a las 8 de la mañana de las clases de lengua y literatura, matemática, ciencias sociales, ciencias de la naturaleza, educación física y educación estética.

La historia de Yuli es muy parecida a la de los niños en edad escolar que habitan en El Cují, la mayoría de los pequeños estudiantes quisieran que las condiciones cambiarán, que pudieran contar que también tienen una hermosa cancha y un amplio salón para cada grado, además de las ansiadas computadoras de las que todo el mundo habla. Ellos sueñan con escuchar el estruendoso sonido del timbre, que les indicará que ya El Cují tiene una escuela donde formar sus habitantes.

La población de El Cují es tierra de refugio de los desplazados colombianos que huyen de su país a causa del conflicto armado. El mayor anhelo de los habitantes de El Cují, es la construcción de una escuela para la gran población en edad escolar.

1Véase el artículo 53 de la Ley Orgánica para la Protección del Niño y del Adolescente y el artículo 102 de la Constitución Bolivariana de Venezuela.

 

*Comunicadora Social

 
     
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